Vivir sin trabajar

Ha estado en España estos días Rutger Bregman. En España o en los medios españoles. Presentando su libro, ‘Utopía para realistas’, ha dicho algunas interpretaciones muy lúcidas, bastante reveladoras. La primera: que la renta básica universal sería una parte más del Estado del Bienestar. También que esa renta no es un gasto, es una inversión, y que es más económico combatir la pobreza que tratar de paliar sus consecuencias.

Es importante que sea una parte más del Estado de Bienestar porque implica la garantía de una educación y sanidad gratuita. Una alternativa extremadamente neoliberal aprovecharía el experimento para aplicar la doctrina del shock que elaboró Naomi Klein: introduciría un salario mensual pero reduciría el Estado. No entiendo una renta básica sin una apuesta firme por servicios públicos de calidad.

Por eso es clave que el cambio sea interpretado como una inversión. No es gasto público, como pueda ser el presupuesto destinado a líneas de tren poco transitadas. Sería una redistribución de capital. De poder, por tanto. Más poder para el trabajador que para el empresario, un trabajo de calidad, mejor remunerado. La renta básica terminaría con el trabajo inútil, el trabajo que no aporta valor.

Pero la política es demasiado importante y el ser humano tiende a la tragedia. Internet podría haber resuelto algunos problemas, información accesible, un planeta conectado, democracia. El hambre mismo se podría abordar desde alguna apuesta comprometida. Ni la gratuidad ha resultado ser una ventaja: la televisión más interesante, dice Nicholas Carr, es la de pago.