Spinning

Se apoya en el sillín y le ataca la risa floja. Encima la bicicleta estática está encarada frente a las demás, de forma que puede abarcar las 50 bicicletas de la sala con la mirada. Por lo menos Joaquín ha colocado el ordenador al alcance de su mano izquierda. Ahora puede manipular el ritmo de la sesión a voluntad. Tiene un pequeño truco, unos leves indicadores de debilidad. Cuando la última fila se seca las primeras gotas de sudor, aumenta la intensidad. Música cerebral, por momentos apocalíptica. Después, cuando la primera fila empieza a sudar, vuelve la tranquilidad. Enya o “cualquier mierda zen, a mí qué me cuentas”, le espetó Joaquín cuando le pidió ayuda.
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