Spinning

Se apoya en el sillín y le ataca la risa floja. Encima la bicicleta estática está encarada frente a las demás, de forma que puede abarcar las 50 bicicletas de la sala con la mirada. Por lo menos Joaquín ha colocado el ordenador al alcance de su mano izquierda. Ahora puede manipular el ritmo de la sesión a voluntad. Tiene un pequeño truco, unos leves indicadores de debilidad. Cuando la última fila se seca las primeras gotas de sudor, aumenta la intensidad. Música cerebral, por momentos apocalíptica. Después, cuando la primera fila empieza a sudar, vuelve la tranquilidad. Enya o “cualquier mierda zen, a mí qué me cuentas”, le espetó Joaquín cuando le pidió ayuda.

Ha aprendido a desconfiar. El ambiente en el gimnasio es hipercompetitivo. Cada clase, una jungla; cada día, un Vietnam. A él no pero a los monitores en prácticas les espían. Cuando salió del vestuario después de la clase de ayer no quedaba nadie en el gimnasio. Una mano le tocó el hombro. Juan Carlos sollozaba: ” 2 horas seguidas saltando a la comba”.

Acumula 4 horas sobre el sillín cada día. 5 días por semana, dos de descanso. Para evitar el desgaste psicológico, ha desarrollado un método. Utiliza un manual de instrucciones. Lo compró en alguna sección de autoayuda pero nunca lo ha reconocido. Siempre apela a la vocación para justificar su habilidad: creció entre ciclistas, veía a Induráin en la tele. Durante la sesión aplica algunos consejos que convierten el ejercicio en una experiencia turbadora. Se apagan las luces y, por instinto, empieza a hablar en segunda persona. Segunda persona del singular. “Subes una leve cuesta, nada te aflige”, “Tienes una meta, ¿qué quieres conseguir?”. 30 personas en la sala y te habla a ti. Es un discurso vacío pero, por alguna razón, alegra la oscuridad. En los instantes más duros de pedaleo, es descriptivo. “Controla las rodillas, pedalea recto”, “Ahora te concentras en tu respiración y aumentas la carga”. Guarda el regalo para el final, recuerda a Induráin justo antes de los estiramientos: “Enhorabuena, has llegado lejos en el dolor”.

A Induráin lo cita mucho. Ha desarrollado también un afecto obsesivo con los objetos. Con la bicicleta, en concreto. Su llavero es una bicicleta diminuta, su fondo de pantalla es su bicicleta. Unos meses atrás compró una veintena de memorias USB, bicicletas USB. Las tenía desperdigadas por el coche hasta que un día Joaquín se sentó por accidente sobre una. Crispado siempre, bajó la ventanilla y tiró la memoria: “¡Ya con las bicicletas!”.  Desde entonces, cada vez que mira a Joaquín siente que es un extraño.

Por supuesto que sigue una rutina. Las comidas son clave, mide con precisión las calorías. Toma algunos líquidos reconstituyentes cada 2 horas y los hidratos de carbono son el centro de su dieta. Grasas pocas. Un mediodía vio un bote de crema de cacao por abrir. Se derrumbó y terminó llorando en el suelo del comedor porque durante su adolescencia había sido un chico rechoncho y no quería volver a esa situación. Acudió con urgencia al manual de instrucciones. “Mira al futuro y siente la energía del universo”, leyó.

Ahora está bien. Pregunta uno a uno a todos los asistentes y las respuestas le tranquilizan. Habla por el micrófono, que siempre da autoridad. Da por terminada la sesión y se dirige a la puerta para despedirse personalmente. La atención al cliente excelente. Desfilan por delante de él todos. Los estudia y los teoriza. Ha sido una buena tarde, todos ríen. Mira a la cámara, ojalá esté grabando. Un novato le alaba. Él le resta importancia y recupera a su ídolo. He llegado muy lejos en el dolor.