La vida en serio

[…] Uno de mis corresponsales introducía una crítica que rayaba el terreno de lo moral. Me reprochaba, ni más ni menos, tomarme a broma mi propio lecho de muerte. Lo cierto es que no se me ocurre otra forma de responderle que no sea tomármelo a broma. Es el único uso que por el momento soy capaz de darle a tan importante pieza del mobiliario familiar.

 

En aras del respeto y todo lo demás, no tendremos más remedio que librarnos de esa idea. Es de todo punto inútil y absurdo decir a un hombre que no debe bromear con los temas sagrados. Y es inútil y absurdo por una razón muy sencilla: porque no hay tema que no sea sagrado. Cada instante de la vida humana es transcendental. Cada paso, cada movimiento de un dedo posee una importancia tan enorme e incluso tan horrible que cuaquiera podría volverse loco con sólo pensar en ello. Si está mal bromear con nuestro lecho de muerte, también está mal bromear con la empanada de ternera, pues, si la perseguimos con demasiada devoción, puede tener mucho que ver con que acabemos en él. Si está mal bromear sobre un hombre moribundo, también lo está bromear sobre un hombre cualquiera, pues todos estamos muriendo con mayor o menor rapidez. En otras palabras, si decimos que no debemos bromear con los temas solemnes, lo que en realidad estamos diciendo, es sencillamente que no deberíamos bromear […]

Esta es, en mi opinión, una de las dos únicas posturas razonables posibles: la vida es algo demasiado serio como para tomársela en broma. Posición a la que sólo existe una alternativa, y es la que yo adopto: la vida es una cosa demasiado seria como para no tomársela a broma.

Ni que decir tiene que hay un matiz importante en la cuestión que mi feroz corresponsal no parece haber observado. Yo estoy convencido de que se puede bromear sobre cualquier cosa, pero no en cualquier ocasión. Podemos bromear sobre el lecho de muerte, pero no junto a un lecho de muerte […]

Una acusación de irreverencia (G.K. Chesterton)