La muerte del padre

Junqueras habla con naturalidad autoimpuesta en el aeropuerto de Sevilla. Recita pueblos de Andalucía y Extremadura. Después, en la mesa andaluza, habla lento, con pedagogía elemental. La propaganda es abrasiva: los discursos nacionalistas desgastan tanto que irritan. Frente al inmovilismo del Gobierno central, la pedagogía y el diálogo del Gobierno autonómico. La provocación es mutua y cuanto más extienden unos la mano, más aprietan los párpados otros.

La insistencia gratuita proporciona siempre un halo de impostura. Los mecanismos de persuasión son por momentos vergonzosos. La incorruptibilidad de la Constitución o la tiranía central, ambas ocultan el interés verdadero. Muy pocas razones son necesarias en realidad para justificar la postura. Para celebrar una votación bastara, en democracia adulta, con subrayar que votar no es ilegal. Para rechazar la independencia, un mapamundi, unas jornadas de convivencia y unas reglas de economía básica. Ya sentenció Josep Pla: “Los catalanes sabemos hacer muchos calzoncillos pero no somos tantos culos”.

Referéndum, consulta y proceso de participación. El baile de nombres resta jerarquía, las condiciones han terminado por impregnar todo con una rebeldía torpe. Sin garantías de escrutinio ni validez legal, el resultado es extravagante: se ha delinquido para delinquir más y mejor. Ahora la Constitución violentada, España rota. Desperté una mañana y mi hijo ya no estaba, lamenta la madre entre lágrimas.

Desde luego que el Estado no es una família -metáfora falaz- pero la actitud paternalista del Gobierno central bien justifica la analogía. Cataluña, una parte definitoria de ella, desea la separación amistosa, instaurar una amistad a domicilio. Si la política es la resolución de conflictos de interés, las razones del independentismo catalán son fatídicas. También se expande entre la crispación una parte minoritaria y fascinante que ambiciona el trauma convencida de que, si además es doloroso, es merecido. Matar al padre para, una vez arrepentidos -o no-, descubrir que el odio era particular y la reacción desmesurada.

Escocia no es tanto una envidia como una ilusión, la expectativa de que, ya madura, la democracia es ágil y permite contradicciones. Una de las reacciones más curiosas del referéndum escocés -acciones minoritarias pero reales, al fin y al cabo- provino de los propios votantes: una vez neutralizada la amenaza del Reino Unido como enemigo, se pelearon entre ellos. El enemigo en casa. Enemigo invisible.

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