Festival de desierto y playa

Cuando lo vimos desde el coche empezamos a especular sobre el nombre del escenario Las Palmas. Yo opté por las islas por exóticas pero alguien sentenció que era por el desierto y todos tragamos saliva. “Prefería Maravillas“, y me hundí en el asiento.

Teníamos que trasladar la jaima de Gadafi hasta la zona de acampada. La jaima de Gadafi es un banco canadiense ya jubilado. Las instrucciones indican que su capacidad es de 5 personas pero hemos llegado a estar dentro 7 alegres y el cuadro oficial de mi comunión. Acordamos que el último día la patearíamos hasta que se desintegrara si con un poco de suerte no se incendiaba antes.

Para la construcción utilizamos un ingeniero, martillo, cinta aislante y vigas maestras de metal. Ya instalados, una chica me preguntó en perfecto inglés si tenía hinchador. Le contesté muy correcto que sí y se rió en mi cara: “¡Si son españoles!”, y salieron sus amigos de entre las sombras y ya todo fueron los tópicos habituales. Ella tenía rasgos asiáticos pero yo me callé la obviedad por si el amor.

Para aliviar el aparato digestivo visitábamos con mucha dignidad los aseos de un supermercado con aparcamiento gratis. Una vez un inglés entró sin camiseta y señaló al dependiente: “Alejandro, you! One shirt, man!” y el cajero le lanzó una de las camisetas blancas apiladas bajo la caja con mano de pitcher.

Para soportar el calor desértico, incumplimos la ley. Atravesamos una urbanización privada y nos asentamos en una playa. La playa no es de nadie, dijo D., y  en los días siguientes nos comimos allí unos bocadillos y unas ensaladas.

Nos venció el calor el peor día: era sábado y el cielo estaba encapotado. En el Burguer King habíamos estado repasando la filmografía completa de Torrente con profundidad erudita y en el coche de vuelta al festival empezamos a compartir letras de Los Planetas y yo a calcular el concierto. “De viaje y la primera del LP que dice que se caga en su puta madre deberían entrar”, aventuré yo y F. comentó que si no metían Segundo Premio prendería fuego a la jaima esa misma noche.

En la acampada esperaba el desierto de Las Palmas pero antes había que superar el aparcamiento, donación a voluntarios de Save The Children en fila india. Avanzamos desafiándoles con el ticket caducado del día anterior hasta que saltó la alarma: “¡¡¡ES DE AYER!!!”, y mientras F. bajaba la ventanilla oímos de fondo: “¡¡¡¡SEGURIDAD!!!!”. El protocolo antiterrorista se congeló cuando F. liberó un deseo: “Espero con este dinero el bienestar de los niños del Djibouti”, pero luego nos estresamos con un hombre pitando hiperactivo un silbato y una mujer haciendo aspavientos. No tenemos conocimientos muy específicos de geopolítica pero comentamos la inoperancia de las ONGs y aconsejamos a la mujer de aspavientos que era urgente enseñarles a pescar.

15 minutos de travesía y llegamos a la jaima. El primero en claudicar fue el cuerpo que más agua contenía. Sudaba apocalíptico y correteaba nervioso trazando pequeños círculos. La décima vez que dijo “A mí Los Planetas y Blur me sudan la chorra, que llueva ya”, amenacé con noquearle. Necesitábamos insultarnos y hablar sin pensar para rebajar el delirio. Huir hacia delante fue inútil porque, ya sentados alrededor de la nevera portátil, M. se tapó los ojos con las palmas de las manos y se derrumbó. “Me siento inquieto”, decía, y negaba en silencio.

Españoles, ingleses e irlandesas. El círculo europeo se rompió cuando una chica sacó una cámara Go Pro. Entonces se formó una algarabía y empezamos todos a corretear eufóricos. Algunos aprovecharon para preparar la cena: bocadillos de barra de pan kilométrica. Fue un error; después de la foto de grupo de rigor han aparecido fotografías en las que alzamos las barras de pan en claro gesto de adoración. Las ensalzábamos como a objeto religioso, alucinaciones del calor africano.

En el recuento matutino del día siguiente faltaba uno de nosotros así que tomamos decisiones rápidas. “A mis 12 piramos a Chilches”, ordenó F. militar. Cuando volvimos del apartamento por la tarde, el apátrida había vuelto y caminaba entre cigarras. Eran graciosas las cigarras hasta que empezaban a chillar rabiosas a las 8 de la mañana y F. proclamaba encendido que como no pararan prendería fuego a la jaima.

Por la noche empecé a idealizar los conciertos que no vi y me deprimió mi pereza intelectual. Estábamos sentados en el césped escuchando de lejos a Bastille y circulaban drogas duras entre el grupo de desconocidos que teníamos al lado. Podría ser peor, podría ser como ellos, pensé, y me acordé de un chico regordete de unos 17 años que me asaltó en el último concierto de Bastille que había visto. Me rogó entre lágrimas que le diera al cantante “estos dibujitos” y yo me bloqueé y miré a todos lados en busca de ayuda. Una chica le rompió el alma, le dijo que Bastille se acababa de marchar en autobús. Esto es imposible porque no hacía ni 5 minutos que había terminado el concierto así que ahora me dio por pensar que a lo mejor estaba el niño drogado y me entró una risa tonta y completamente infantil.

El desvalijo se inició al alba pero para entonces ya habíamos desmontado la jaima en sacos. Se expropiaron sillas y mesas desprotegidas a la intemperie, y J. me contó que a un inglés que había merodeado por los alrededores de “nuestra posición base” lo miró inquisitivo y nunca más había vuelto a aparecer.

En el viaje de vuelta sintonizamos MDT,  que es una emisora de música remember de éxito en una discoteca cani aleatoria. Queríamos olvidar los días de rabia. El locutor, voz eufórica, leía mensajes de whatsapp entre canción y canción. Una la dedicó a Anita Dinamita y otra a una pastelera de Torrente. Una pastelera escuchando esa música estupefaciente a las 9:30 de la mañana. Coincidimos en que nunca pisaríamos Torrente.