El sudor y los días

Hay un período absoluto, que es el último mes. Los músculos maltrechos, gastados en reposo, carburan y se engrasan durante el entrenamiento. Se impone entonces la dictadura de la voluntad, los tendones y músculos permanentemente  tensos. 78 kilómetros por semana. Los períodos de recuperación se suceden sobrehumanos. Basta un día de descanso para evolucionar de la fatiga a la adicción, pura obsesión por correr. Solo un bíceps femoral sobrecargado me obligó a abandonar una sesión de series salvaje. “¿Qué quieres de mí?”, pensé al terminar el día frustrado ante el plan trimestral.

Todo se conquista, yo la maratón en algún entrenamiento perezoso del último mes. A falta de 12 kilómetros se desconfiguró el GPS, enmudeció la música. Se agotó la batería del móvil. Avancé, por tanto, sin referencia ni abstracción alguna, con el cuerpo gripado y la psique agotada. El core, gelatina. Cuando comprobé distancia y tiempo había completado el día 3 minutos más rápido de lo exigido. Los 26 kilómetros del día siguiente fueron tensos.

Así que, habiendo sudado poco menos de 800 kilómetros, llegó el día tras dos semanas de tapering regeneradoras. Con las piernas tan frescas que creía vacías, ya en el calentamiento me conocí una zancada milimétrica. En algún momento, tras marcar ritmo idéntico durante 4 kilómetros, se me escapó un paso más rápido que los anteriores. Adiviné instantáneamente el efecto: 1 segundo inferior a los tiempos anteriores. Por entonces ya era consciente de que me encontraba entre matemáticas. El trabajo básico era visualizar un conjunto extraño de tiempos de carrera y trayectorias mínimas. Calcular curvas, pendientes y posiciones. Lo no planificado siempre es externo: el avituallamiento. El kilómetro que yo exigí no repartía geles. Un señor simplemente sordo me dirigió mal. “¿Gel?”, pregunté. Asintió y me ofreció vaselina. Tuve que arrastrarme impaciente hasta el 25, la digestión frustrada.

Unas frutas muy exóticas yo me las tragué con fruición. Y también los geles y las bebidas isotónicas. Con el apetito burlado termina el suspense. Durante la competición, uno se vacía el glucógeno, se despoja de la banalidad y el accesorio y el adorno y se desnuda las vanidades y los miedos. Cuando lo consigue, si lo consigue, es el momento de abandonar la ciencia. Aumentar la concentración y, ya sí, correr. Avanzar extraviado, perdido en un diálogo físico-psíquico crudo y violento. Correr es discutir.

Si no lo consigue, deviene mi situación. Kilómetro 36 y todo en orden, las piezas encajan. El ejercicio amorfo de lumbares se descubre utilísimo. Las piernas permanecen compactas, qué barbaridad. Yo creo que, por rencor o porque nunca ha estado allí, el sistema nervioso desfallece y las lágrimas amenazan los lacrimales. No me permití ni ese milímetro de improvisación, apreté automáticamente las mandíbulas y el paso. Del muro ni los síntomas. Rompí por eso la hoja de ruta y avancé a un ritmo imprevisto. Cuanto yo más aceleraba, más abandonos observaban desde el borde del recorrido. La tragedia siempre en los márgenes.

Solo el último avituallamiento me sobró: percibía en mi imaginación la meta y corría abducido. Si el corredor que tenía 5 metros delante no se hubiera llevado por delante al espectador histérico que asaltó la carretera para animar, lo habría embestido yo. Cuando crucé la meta -objetivo cumplido con antelación- se materializó ante mí el clima bélico que venía intuyendo desde la salida. El rumor de miles de zapatillas se transformó en un campamento de guerra. Una enfermería de convalecientes eufóricos que, mientras asimilan la épica, comentan la jugada. Hablan rápido: “Que ese chico tiene que tener una depresión, Antonio. Que iba a bajar de 3 horas, a terminar en doscincuentaynueve, y ha reventado. Se ha quedado vacío a 10 metros de la meta. Antonio, tenías que haberle visto la cara. Luego cuando le han ayudado a cruzar ya era más tarde. En trescerouno la ha acabado el chico”. Antonio entendió: “Diferencias”.

En ese punto comprendí que mi maratón había sido agradable. Una experiencia desasosegante porque la primera aspiración, el objetivo último de correr, es sufrir. Encontrar placer en la superación de la extenuación física, esto es, en el sufrimiento, demuestra entonces una pureza insuperable. Toda autoestima sobra y es necesario repetirse algunas premisas terribles: “No soy nadie, no tengo nada, no llego nunca”.  Son infalibles, provocan una rabia primitiva. Neutralizan el ego y alivian la agonía. Es natural. Sentir dolor es siempre mejor que sentir miedo.