Diarios de Iñaki Uriarte

Opina Enrique Vila-Matas de Iñaki Uriarte que escribe libre. Publicó en 2010 y 2011 unos diarios curiosísimos en los que, si no ha creado un personaje, ha volcado toda su persona. Registra en ellos sus debilidades, la huella del tiempo. El tono intimista le permite renegar sin exagerar de la cultura del esfuerzo. Al mismo tiempo, arrastra un principio de remordimiento por su estilo de vida, más ocioso que trabajador.

Aunque las anotaciones varían en extensión, es en la observación, el comentario rápido, donde acumula más fuerza. Tal vez abuse de la metaliteratura pero, en fin, es escritor y es su diario.

Derecha, inclinación por el fuerte. Izquierda, inclinación por el débil.

Todavía no he llegado a aprender que un cabrón no piensa nunca, ni en el fondo, en el fondo, que es un cabrón. Lo que piensa siempre es que el cabrón eres tú.

Escribí en el periódico:

«Una vez me dijo: “Como Milton, como Borges, antes de escribir ni una palabra, yo ya sabía que era un escritor”.

»Vivía del dinero que, con variables argucias, lograba obtener de su madre. “Como Baudelaire”, decía.

»En cierta ocasión me comentó que había estado casado y tenía dos hijos a los que, “como Rousseau, que mandó a los suyos a la inclusa”, no pensaba hacer ni caso.

»Sólo le veíamos por la noche. “¡Vaya día!”, exclamaba al llegar. “¡Todo entero en la cama!¡Como Proust!” No pagaba las copas y nunca devolvía sus deudas. Una noche argumentó: “¡Genet sí que fue un gran ladrón!”.

»Llegaba siempre tarde. Recuerdo la vez en que justificó su impuntualidad así: “Kafka siempre acudía tarde a las citas”. Le dije que eso se lo acababa de inventar. Me respondió que también Faulkner fue un gran mentiroso.

»Era invencible. En cierta ocasión me harté. Borracho como una cuba, derramó medio gin tonic encima de mi chaqueta. Me revolví enfadado, pero él exclamó eufórico: “¡Como Hemingway!”. Yo dije entonces: “¡Qué Hemingway ni qué ocho cuartos!¿Pero tú que escribes, a ver, tú que escribes?”. Me miró con cara de compasión. Parecía sorprendido de mi ignorancia. “¿A mi edad?”, gritó por fin, “¿Tú crees que a mi edad Rimbaud se dedicaba a escribir?”.

Su padre la amonestaba: «¡Hay que tener voluntad!¡Hay que tener voluntad!». La niña preguntó, gimoteando: «¿Pero qué es tener voluntad?» «Tener voluntad es estar haciendo todo el rato cosas que no te apetece hacer», sentencié pedagógico.