La cultura

La definición más cercana de cultura la escribió Stefan Zweig en ‘El mundo de ayer’. Escribió que “el teatro imperial, el Burgtheater, era para los vieneses y los austríacos más que un simple escenario en el que unos actores interpretaban obras de teatro; era el microcosmos que reflejaba el macrocosmos, el reflejo multicolor en que se miraba la sociedad. […] El espectador veía en el actor de la corte imperial el modelo de cómo vestirse, cómo entrar en una habitación, cómo llevar una conversación, qué palabras debía usar un hombre de buen gusto y cuáles debía evitar”.

Métodos y formas de vida, también valores y costumbres, una cierta ideología. Por eso es tan brillante la versión británica de ‘The Office’. Ricky Gervais denuncia el exceso de ambición con un jefe infantil y egocéntrico. Cuenta con todos los recursos del humor inglés, el primero una ironía inteligente y personal. Refleja de paso los vicios de la sociedad: el afán de superioridad del director, el interés descarado de su ayudante por el cargo directivo.

Y muchos matices. El valor de la serie es que se trata de una sociedad reconociendo y señalando sus propios defectos – individualismo excesivo, capitalismo exacerbado. Tal vez esa sea una de las riquezas del intercambio cultural: reconocer los vicios propios. Es la parte más práctica de la persona culta, compartir lo que sabe.

Una descripción cruda, en contraste con la observación de Zweig, de la cultura imperante la recoge Julian Barnes en ‘Nada que temer’: “El secular cielo moderno de la auto realización: el desarrollo de la personalidad, las relaciones que ayudan a definirnos, el trabajo que fija nuestra altura social, los bienes materiales, las propiedades, la acumulación de aventuras sexuales, las visitas al gimnasio, el consumo de cultura. Todo eso suma para alcanzar la felicidad, ¿no es así?”.