Bloodline

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Bloodline está en el catálogo de Netflix, el protagonista es Kyle Chandler. Protagonizó también ‘Friday Night Lights’ y se convirtió entonces en el padre de família de Estados Unidos. Bloodline actualiza el estereotipo y lo extrapola. Chandler, John Rayburn, es la guía de su mujer e hijos, el apoyo de sus padres. Es responsable de su hermano mayor y, en un salto natural, aspirante a sheriff, vigilante de la región entera.

Se ha tejido la família Rayburn y ha resultado Bloodline una serie bíblica. La historia es una parábola exacta con una moraleja oscura, intuida. Las tramas menores de verdad se sitúan entre cualquier libro sacro de una religión moderna y son todo metáforas, leyendas. La casa familiar es, sin disimular, el paraíso. Un hotel en la playa de Florida. La familia es el refugio de los familiares y el mar es su válvula de escape.

Bloodline, además de la Biblia, bien podría ser una telenovela mediocre. La tragedia se viene a demasiada velocidad, el odio es demasiado intenso. Pero no hay rastro de música estridente y las tramas son más que legítimas, todos amagan antes de disparar. Los temas son los de los relatos de John Cheever. Concretamente, uno: “Adiós, hermano mío”, que cuenta rutina y problemas de una reunión familiar.

Luego cada miembro de la familia cumple una función exacta: es una orquesta brillante. El padre, self-made man, ha construido el hotel desde la pobreza. En apariencia, porque en algún capítulo se insinúa que algo ilegal hizo para comprar el terreno. Es autoritario y, tanto él como su mujer, alaban los valores familiares, la protección familiar, la unidad familiar.

La obsesión se agrava en la madre. Tal vez la muerte por infarto del padre sea el impulso definitivo. La madre, Sally, dirige entonces la empresa en soledad. Es casi un defecto machista de los creadores: no toma ni una decisión inteligente y pasa el resto de la serie quejándose de su falta de autoridad y lo poco que confían sus hijos en ella. Es odiosa porque es ingenua y solidaria hasta la estupidez.

La primera mala decisión es integrar a su hijo mayor en la empresa familiar. Danny se gana la confianza materna pero no la de sus hermanos, que advierten continuamente a Sally sobre el peligro que significa. La apariencia de Danny ya es otra metáfora como de plaga en Egipto: es delgado y enfermizo, y su personalidad astuta y endemoniada. John termina ahogándolo en el agua, y es otro trauma añadido porque una hermana murió en la infancia ahogada en el océano en compañía de Danny. Padre nunca le perdonó, le lesionó el hombro de la rabia que le dio.

En algún momento anterior al asesinato, la familia feliz desaparece. No se sabe qué clientes ocupan el hotel, el presente todo es indagar en el pasado secreto. Una partida de ajedrez acelerada. John no para de mascullar ‘Maldita sea’ y sus hermanos aparecen a las expectativas de lo que ordene. Todo son lágrimas y la carcajada definitiva es que, inmediatamente tras la muerte de Danny, un hijo desconocido suyo llega al hotel pidiendo auxilio familiar. Y Sally accede. Es más importante entonces el equipo de policías que investiga la muerte de Danny, que contrasta con la campaña de John para ser sheriff del condado. Mientras oculta pruebas del asesinato, da discursos sobre moral.

Lo increíble es que mantiene siempre y mientras tanto un aura de responsabilidad, de forma que parecería natural que apareciera en comisaría confesando el crimen con mucha razón. Sus compañeros, que a estas alturas son no ya la policía, sino una idea de la policía – el orden, la Policía- descansarían y perdonarían. Es John, el responsable, el íntegro, el afable John. Sucede, en un delirio brillante, que el hermano pequeño, arruinado y alcohólico hasta entonces, mata al policía que descubre el crimen de John. El policía cubano que había estado prometido semanas atrás con su hermana.