Alrededor de un festival

La primera vez que vi a Muddy estaba desayunando lentejas en lata con una cuchara como de regalo de Cola Cao. Era el más bajo del grupo, tenía el párpado izquierdo casi cerrado y hablaba muy lento, siempre que podía en rima. Había pasado la noche en un portal de Bilbao y no había traído tienda: la compró el día de antes con el dinero que había ganado vendiendo droga. Después de Arcade Fire me dijo en el bus que era agente de un rapero en Madrid. Le pregunté el nombre y empezó a rimar. “Hace 4 meses que no lo veo/ me… meo”. Y se quedó mirando por la ventana y mascullando: “Estamos en el BBK… Estamos en el BBK…”. Cuando no podía rimar, se bloqueaba.

No conocía a Arcade Fire y se fue a una colina después de New Order. Había estado todo el concierto practicando movimientos de boxeo a modo de baile. En ‘Blue Monday’ me tocó la espalda y cuando me giré empezó a simular al ritmo de la música que me pegaba codazos en las costillas. A la mañana siguiente Pucci, que dormía a dos tiendas de la mía, nos contó que Muddy tenía 16 años y había abandonado la Educación Secundaria. “Me lo encontré una tarde que intentó robarme en el Metro. Me dio pena y me lo subí a casa”.

Al personaje de Muddy lo aupó una chica, Susan, sin sentido del humor. Había estudiado Periodismo y ahora vive en Dublín, me dijo que de niñera mientras actualiza un blog de música. Muddy llegó la última mañana con ganas de desayunar. En la mesa había un bote de Nutella que nadie se había atrevido a tirar “por si nos rima” y un mango. No tenía cuchillo, peló el mango con las manos. Después, con la cara y las manos color mango, empezó a desafiar a un chico a una batalla de gallos porque la tarde anterior había perdido contra él. “No me importa perder. Pero, mira, si yo quiero jugar al tuister y alguien me pide una botella de ron, yo luego quiero mi botella”.

Estallamos en carcajadas  y, cuando Susan le dijo que tenía un blog, él le dijo que él también y que se llama ‘Discos del monte’. Nos pareció a todos ya un personaje insuperable. A ella le sentó mal: la noche anterior discutió con Raúl y Gonzalo. Les dijo que las redes sociales son basura y que Kendrick Lamar “no vale nada, es muy comercial”. Les dijo también que no se hace buena música en España, – “por eso me fuí fuera”, llegó a decir- y que el FIB nunca ha tenido un cartel atractivo.  Ellos, cansados de tanto odio, le pusieron ‘Bohemian Rapsody’ para conocer su opinión de la última canción de Kendrick Lamar. “Estos coros de mierda no sé”.